La concesión del privilegio real para la celebración del mercado semanal quizá sea el hecho más destacable tras las primeras menciones sobre el lugar. Esta efeméride justificará la relevancia de los importantes mercados y ferias celebradas en la villa del Sequillo hasta el primer tercio del siglo XX. Con ello, además de las actividades agrícolas de cultivo de cereal y vid, que constantemente se mencionaban en los documentos precedentes, encontramos otra actividad económica que realizarán los villadinos por medio de las transacciones comerciales. Estas posibilitarían el crecimiento de la relevancia del lugar.
La relación de los Enríquez con Villada se vuelve a hacer patente con el citado privilegio. Fruto de un primer matrimonio Fadrique Enríquez tuvo a Juana Enríquez, quien casó con el rey Juan II de Aragón y fue madre de Fernando el Católico. De este modo, los Reyes Católicos hicieron una concesión en 1466 en favor de Enrique Enríquez, hermano de padre de Juana Enríquez y tío de Fernando, quien fue Mayordomo Mayor de los reyes (Casas Diez, 1976).
No se conserva el documento primigenio, pero sí las ratificaciones de monarcas posteriores en el Archivo Municipal de Villada: Juana I (1513), Felipe II (1562) (Anexos: Figura 2), Felipe III (1599) (Anexos: Figura 3), Felipe IV (Contreras, 1621) (Anexos: Figura 4), Carlos II (Legassa, 1666) (Anexos: Figura 5), Felipe V (Castro, 1701) (Anexos: Figura 6), y Carlos IV (Aizpún y Redín, 1793) (Anexos: Figura 7). Casas en su obra menciona algunas de las confirmaciones, pero las fechas que aporta no coinciden con las que hemos podido corroborar en el Archivo del Ayuntamiento de Villada, aquí expuestas. También cita las confirmaciones de Carlos I (1521) y Carlos III (sin fecha), cuya localización desconocemos en la actualidad, ya que no se encuentran junto al resto de confirmaciones. Es preciso señalar que dichos documentos se encuentran en la misma caja del archivo municipal de Villada y las ratificaciones de Carlos IV, Felipe V, Carlos II, Felipe IV, Felipe III y Felipe II dispuestas en encuadernación facticia.
Los mercados, y las posteriores ferias, permitieron el desarrollo económico de la villa. Los Reyes Católicos sentaron el precedente de una actividad comercial que perduró con el paso de los siglos. Durante la Edad Moderna se multiplicarán los oficios relacionados con las manufacturas locales y las ferias, donde la compraventa de ganado gozará de especial relevancia.
Debieron gozar de gran popularidad los mercados villadinos, tanto es así que Francisco López de Úbeda en 1605 en su afamada obra «La pícara Justina» decía: «hasta que un día de mercado se juntaron en el de Villada, que era donde ellos solían hacer sus conciliábulos zorreros» (Damiani, 1982).
La importancia de la actividad mercantil quedó recogida en el Catastro del Marqués de la Ensenada (1752), donde destaca el número de tratantes, tejedores de alforjas y sombrereros. El catastro registró un total de 165 tratantes (lino; frutas y legumbres; ganado vacuno; pescados frescos, salados y escabechados; reses lanares), 17 alforjeros y 13 sombrereros (Ministerio de Cultura-PARES, s.f.). A mediados del siglo XVIII se documentaron 640 vecinos, incluyendo a las viudas y solteras cabezas de casa, equivaliendo dos de estas a un vecino en el cómputo total (Ministerio de Cultura-PARES, s.f.). La relevancia de los alforjeros alcanzó un nivel significativo, ya que, sin llegar a ser comparable al popular paño de Frechilla o Astudillo, aparecen «alforjas de Villada» frecuentemente en los protocolos notariales y en las descripciones de robos, desaparecidos y ladrones en el Boletín Oficial de la Provincia de Palencia (Aguado, 1841; Gómez Inguanzo, 1844; Vázquez Casado, 1857).
Durante el siglo XIX Villada celebraba tres ferias anuales. La feria de «la Vieja» (Sección mercantil, 1891), a mitad de la Cuaresma, siendo una celebración donde tenían especial importancia el ganado y las conservas de pescado. Los escabeches villadinos gozaron de tal fama que otorgaron a la localidad el sobrenombre de «puerto seco». Esta feria supuso un alivio ante la sobriedad de la Cuaresma, donde a pesar de ser un acto para favorecer las transacciones comerciales el carácter festivo tuvo un papel significativo (Anexos: Figuras 8 y 9). La feria del patrón San Luis Gonzaga, con un carácter eminentemente festivo. Cerraba el ciclo anual la feria del Rosario, en el mes de octubre, con un objetivo exclusivo de compra y venta de ganado (Anexos: Figuras 10 y 11). En el siglo XX este sistema entró en decadencia, especialmente tras el primer tercio de la centuria, por el gran desarrollo del ferrocarril y la pérdida de importancia del ganado.
Extraído del TFG del historiador Francisco Calvo Manzanares.